Hace solo unos instantes estaba en mi casa y ahora, ahora, estoy huyendo del horror en este terrible lugar, sin rumbo por este tétrico cementerio lleno de frías tumbas de piedra gris. Las lápidas ennegrecidas por el moho rezan sobre quien las habitan. Sus fotos se descomponen con el tiempo como la carne que albergan los solitarios muros de mármol. Dejo mis huellas, débiles, trémulas en la oscura y fértil tierra en la que reposan los féretros, o lo que queda de ellos. Hace mucho frío y la humedad me cala los huesos. Ha oscurecido y escucho unos siseos, susurros del otro mundo. Observo mi dolorido cuerpo sin entender por qué mis ropas y mis manos están manchadas de sangre. Mirando desconcertada a mi alrededor, la primera pegunta que me hago es: «¿Cómo he llegado hasta aquí?». La segunda, y no menos importante, es: «¡¿Qué he hecho?!». Empiezo a recordar…
Quizá no debería contaros esta historia. Probablemente sea un error dejarlo por escrito, tal vez se parezca mucho a una confesión; sin embargo, para mí es una liberación. Todo empezó hace unos años, cuatro para ser más exactos. En ese momento no sabía en lo que me metía, pero ahora con el tiempo y pese a mis actos tampoco me arrepiento de hacer lo que hago, al fin y al cabo, es mi trabajo y, por qué no admitirlo, me divierte.
Por lo general, todo empieza con un sentimiento, una situación o una idea que no se va, se fija en mi cabeza. Unas veces esa idea revolotea dentro de mí buscando su sitio y, más tarde, intentando salir; otras veces es la imagen de una persona anónima, de esas que pasean con el perro por la calle o se sientan a esperar el autobús, simplemente, por algún detalle, me llama la atención, entonces, mi imaginación se dispara.
Quizá no debería de hacerlo, pero entonces me empiezo a preguntar: «¿Qué pasaría si…? Si yo, oculta en las sombras, como un titiritero me metiera en sus cabezas, en sus vidas y las cambiara. En ese instante, ya sé que estoy perdida».
Para mí lo más tedioso y aburrido es estructurar el plan, pensar que es lo que voy hacer con ellos, aunque sé que es necesario para el desarrollo la trama. Imagino su mundo y, lo que más me gusta, a que conflictos se van a tener que enfrentar. Porque ¿qué es la vida sin conflicto, sin sufrimiento? El conflicto lleva al cambio; este es necesario para avanzar en la existencia. Probablemente, llegado a este punto, os preguntareis si tengo algún problema mental. Hasta el momento, ningún psiquiatra ha podido diagnosticarme.
Ajenos a mí interés por ellas, esas personas, esos seres, viven sus vidas hasta que las atrapo en una realidad creada solamente para ellos. Una vez dentro del mundo irreal, es como tener un terrario de hormigas, todas trabajan, todas tienen una función y una finalidad. Todas están vigiladas y actúan como deben hacerlo, pero hay veces que algunas no siguen las reglas. Eso me fastidia en lo más profundo; son las personas peligrosas. Como ama de su mundo, es una labor ímproba hacer que no se salgan del guion establecido. Aunque suele ser interesante ver hasta dónde llegan, no hay nada peor que se te revelen; eso quiere decir que no has hecho bien tu trabajo. Cuando logras que vuelvan a ser lo que deben ser, podrían haber pasado horas o días.
Me entusiasma ponerles trabas. Primero son pequeñas, y veo cómo resuelven esos problemillas. Claro, no me quedo ahí, ¡Qué gracia tendría! Quizá no debería continuar, pero llegados a este punto es imposible dejarlo. Voy subiendo el nivel de dramatismo, in crescendo, hasta el clímax final: tristeza, miedo, desesperación, también alegría, amor, desesperanza, celos…, ¡hay tanto donde elegir! Durante todo ese periodo me aseguro de que esas personas aprendan algo, que su yo interior evolucione. Nunca puedo asegurar el resultado; hay gente que nunca cambia.
Lo más interesante para mí es que también aprendo siempre algo nuevo. Les acompaño en ese nuevo mundo, en sus aventuras, en sus decisiones trascendentales y en las que no lo son, y también en su sufrimiento; en su vida dentro del hormiguero.
Unas veces soy la sombra, la pluma que planea sobre ellos, invisible a sus ojos y a los de los demás; otras me meto en sus cabezas, o ellos en la mía, ya no lo tengo muy claro. Lo que más me gusta es la impunidad con la que trabajo, entre las sombras.
Volviendo a mi situación inicial, la historia empezó «conmigo» en un cementerio y hasta arriba de sangre. Quizá no debería haber empezado sin contar primero cuál es mi trabajo, pero si lo hubiera hecho el relato perdería su gracia.
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Me cautivó la trama Muy bien llevada Excelente