Conducía por un angosto camino de marcas desgastadas, pavimento frío de tristeza acuciante; por la carretera del olvido. Lloraba; dos años y medio de relación, y todo pendía del fino hilo del destino. ¿Lo encontraría en casa? Quería arreglar su relación con él. Le habían desaconsejado tomar ese camino de noche, pero era el más corto y quería llegar cuanto antes a la casa del pueblo que habían alquilado desde hacía un año. La niebla cubría los lados de la carretera. Aferrada al volante, surcaba el mar de nubes sobre el asfalto, sintiendo la deriva en las pronunciadas curvas, envuelta por la oscuridad.
Una figura a un lado de la carretera, la distrajo de sus pensamientos. Pasó de largo tras echarle un vistazo de reojo. ¿Alguien haciendo autoestop? No iba a parar, tenía demasiada prisa.
Miró hacia la carretera: la niebla cubría parte de la calzada, espesando el aire, cerniéndose sobre ella.
Miró por el retrovisor y la figura había desaparecido. ¿Soñaba? Sería por el cansancio.
Volvió a echarle una mirada por el retrovisor.
Y apareció una cara desdibujada.
Escuchó el frenazo del coche, como si durante unos segundos los neumáticos flotaran sobre el asfalto. Su pecho chocó contra el volante y notó como se le oprimía por la fuerza del cinturón. Sintió la falta de aire. Como su corazón se salía del pecho. «¡Dios! ¿Qué? No hay nada. Ahí no hay nada. Tranquila. ¿Mira? Ni se te ocurra. Sí, mira».
—¡¡Vete!! —gritó desesperada y su voz sonó como eco al vacío oscuro que era aquel camino a casa.
No se oía nada. Imposible. No había nadie.
Asustada miró hacia atrás.
No había nadie.
Respiró hondo.
Sacudió la cabeza como si pudiera recolocar sus pensamientos. Arrancó el coche, de nuevo, centrándose en la calzada, en las dos líneas blanquecinas, casi apagadas, que delimitaban el carril.
No hay nadie. Detrás no hay nadie.
Miró por el retrovisor. Devolvió su vista a la calzada.
Volvió a mirar y estaba allí, pero esta vez no frenó de golpe, tan solo un poco.
—¿Qué quieres?
No hubo respuesta.
—¿Qué quieres? Déjame. Vete.
La silueta tenía una pinta extraña, lívida, alicaída.
Miró la carretera, unos segundos. Justo lo suficiente para sentir que los pelos de la nuca se le ponían de punta, cuando le rozó suavemente una ráfaga de aire helado que provenía de la parte trasera del coche.
Miró por el retrovisor.
El fantasma había levantado el brazo y señalaba hacia delante, un esquelético dedo blanquecino sobresalía de la manga.
Tembló de miedo sin control. Paró en seco. Miró por el retrovisor, y ahogó un grito de terror.
El espectro no estaba.
Devolvió su vista al frente. Entre la niebla, lo vio: la moto tirada a un lado, destrozada.
Paró el vehículo y bajó.
Mientras se acercaba al cuerpo tendido en la calzada, el aire helado de la noche, ya cerrada, se coló en su corazón. Vio las marcas de sangre sobre el asfalto, y un escalofrío recorrió su piel como si le avisara de lo que iba a descubrir. Se fijó en el zapato suelto, en el pie sesgado, en el brazo dislocado; en la posición imposible de la cabeza, en el pelo pegajoso y sangriento, el pómulo lacerado, abierto, y la nariz destrozada.
Aguantando la respiración, al observar el cuerpo del muerto. Gritó, desesperada, al comprender que nunca llegaría a casa junto a su novio.
👏👏👏👏👏