La emoción del momento se esfumó tan rápido como había surgido. Sí, enfrentarse a una página en blanco siempre incómoda, pero aún más si la frase gancho de tu profesor de creación literaria es de esas que no sabes por dónde cogerla. Escribir un relato no es fácil; no solo hay que encontrar una idea para desarrollar, hay que saber el tono, quién la va a contar, cómo la vas a contar y tantas otras cosas. Ah, muchas más cosas. Ya. Sé lo que estaréis pensando, esa palabra: «cosas». Esa es de las que no se deben usar en literatura. Todos los buenos escritores lo saben.
Lo primero o lo segundo es que hay que preguntarse por dónde empiezas la historia. Muchos de vosotros diríais lo evidente: «Por el principio», pero no. Siempre se duda. A veces es mejor empezar por el medio de lo sucedido, otras contar el final y crear curiosidad con un qué habrá pasado para que este desdichado o desdichada acabe en este estado. Esa pregunta te la deberías hacer, al igual que me la hago yo. Y claro, también hay que elegir la persona narrativa y del personaje: ¿será mujer, hombre, niño o niña? ¿Lo cuento en primera persona? Uf, no. Demasiado directo. ¿Segunda? Pero ¿estás loco? Esa persona es muy difícil de leer; tu lector cerrará el libro, agobiado. ¿Tercera? Bueno, la básica y resultona. Pero… esa a veces no es la que necesita el relato; todo el mundo, bueno, casi todo el mundo lo sabe. En fin…, y tú, lector, te estarás preguntando: «¿Empieza ya con el relato o no?», y añadirás: «¡Que es un pesado, autor!». Y yo le respondería si lo tuviera delante, ¿pesado? ¿Yo, autor? Dirás narrador. Además, ¿qué sabes de frases gancho? ¿De páginas en blanco? Ajá, nada, supongo. Pues bien, seguiré con mi historia.
Ese día en que se me ocurrió la idea estaba frente a una página en blanco, ese día no debí preguntarle a ChatGPT, pero lo hice. Y como buena inteligencia, respondió de forma artificial, sin valorar consecuencias. Recuerdo perfectamente mi pregunta: ¿qué debo hacer para escribir una buena historia con la siguiente frase gancho: «Aprendí a cortarme los dedos con unas tijeras de podar; dije los dedos, no las uñas.»?
Sí, lo escribí tal cual, y vi el redondel de pensar del programa. De hecho, tardó algo más de lo normal en contestar. Claro, supondrás como yo hice que no era fácil de responder. Esperé a que se decidiera.
Su respuesta me sorprendió: «Usa el método Stanislavsky».
¿El método qué?, me dije.
Por supuesto, me sonaba de algo. ¿Ese no es el método que usan los actores? Los actores de método, los buenos, los que saben lo que hacen. Me quedé mirando la pantalla un buen rato. Tú, lector, te estarás preguntando lo mismo que yo me pregunté, ¿método?
Dudé unos segundos. ¿Método?
Al final, así lo hice. Me metí en el papel. Me resultó fácil, la verdad. Ser escritor, escritor de los buenos durante unos días, hasta que surgiera, apareciera, asomara la historia en mi cabeza. Parecía fácil. Me pasé tres días con una libretita, de esas para apuntar ideas, todas las que surjan; y un boli Bic de los gordos, de los que les bajas la pestañita y cambian de color. En realidad, era todo un sueño. Me movía por la oficina y por casa con aires de escritor, miraba bajándome las gafas un poco y tomaba café a todas horas; dormía poco. Por eso de las musas. A ver si aparecían. Pero no, les costaba aparecerse. ¿Qué habrías hecho para idear un buen relato acorde a la frase gancho? Que, por otro lado, es una pasada de frase; ya me gustaría a mí que se me ocurrieran esas frases. ¡Eso sí que es ser un buen escritor! Estarás de acuerdo conmigo. Pero no es mi caso, y la página en blanco seguía ahí, en blanco. Tan solo con la frase gancho escrita en el encabezado.
Tras tres días, en los que en la libreta había apuntado la compra del día siguiente, el número de teléfono del fontanero y había hecho algún apunte para decirle a mi hijo que salía a comprar y que no se preocupara, la idea para el relato seguía sin aparecer.
Supongo que sería por tomar tanto café, para aguantar hasta altas horas de la noche, casi de madrugada, a ver si aparecían las musas, que una idea, otra muy diferente a lo esperado, me asaltó la mente.
¿Método? ¿Método? Sí, y sí… Quizá. Eso era.
A ti también se te habría ocurrido seguramente. ¿Por qué no aplicar el método actoral a la escritura, al texto? Sentir, vivir en primera persona la experiencia. Así surgiría el sentimiento que provocaría que la imaginación se activase. ¿Cuál era la frase gancho? Ah, sí, ¿la recuerdas?
Ya te imaginarás que, aunque la idea era inicialmente buena, a posteriori no lo fue tanto.
Pero la ilusión, y por qué no decirlo, la falta de sueño y la necesidad imperiosa de crear un buen relato, hicieron que me acercara a una ferretería y comprara unas tijeras de podar.
Lo que ocurrió después ya te lo podrás imaginar; sí, así fue.
Y por eso te decía que escribir un relato no es nada fácil; esta vez ha sido un dedo, pero ¿qué será la próxima vez que me enfrente a una página en blanco?
Ahora estoy cara a la pantalla, esperando a que mi profesor me dé acceso a la clase virtual de todos los martes por la mañana; el dedo me sigue doliendo. Tan solo espero que se dé cuenta de que lo llevo vendado, y que voy algo dopada por los analgésicos, pero, sobre todo, de que me gusta tanto su clase y escribir como para deshacerme de una parte de mí. ¿Acaso no es eso lo que hacen todos los buenos escritores para crear un relato excepcional?