El hombre del saco

Maldices tu suerte.

¿Cómo te ha atrapado? Tan cuidadoso. Sin rastros. O eso te creías. Te falta el aire. Sin respiración, ahogarte. ¡No, no, no! Resiste. Ciego, dentro de la caja. Alargas las manos hasta tocar la satinada tapa. ¡Sin aire! Te ahogas. ¡No! Desesperado, rasgas la tela hasta rozar la madera, húmeda y podrida. Hurgas, arrancando pútridos trozos infiltrados de tu sangre con las uñas hasta que te llega el tufo de la muerte mezclado con tierra negra. Salir; respira. ¡Aire! Con una bocanada aspiras lo que queda. Te ahogas; ¡No! Sin espacio; nadie más. Los demás, muertos. ¡Sí! Pero, tú; aquí. Escarbaste la tierra, los dedos descarnados, las manos ensangrentadas, destrozadas. Escuchas pasos, sus pasos. Silencio. Te quedas inmóvil. Más lastrados pasos. ¡No! Él no; no te llevará. No grites. Aguanta el aire. Él acercándose, se arrastra; eco inconfundible de la muerte. Sin escapatoria. Sin aire. ¡Respira! Aguanta. Oyes como se acerca; escuchas como te llaman los susurros del abismo. ¿Removiendo la tierra encima de ti? Quizá a un lado; cerca, muy cerca. ¿Él? ¡Sí! ¡No respires! ¡Aguanta! Metes los dedos entre los tablones de pino, logras sacar una mano del ataúd a la tierra fría, escarbaste entre la desesperada nada del otro lado, pero solo hay barro. Arriba; salir; escapar de aquí. Tus entumecidos dedos sienten la terrosa tierra envolviendo tu mortaja. Silencio. No grites. Él, cerca, tan cerca que puedes oír los pesados pasos, los golpes de la pala sobre el suelo. Le escuchas reír, canturrear; su depravada voz, un horrible sonido gutural que se cierne sobre el silencio de tu sepultura. Ahogarte; sin aire. ¡Te ahogas! Atrapado; ¡No! No quieres sucumbir, ¡no!, pero no puedes escapar de él.

Abrirá la caja, y te preguntará por los niños.

¡Malditos niños!

Te acuerdas: sus rubicundos rostros, tiernas extremidades y llantos. Solo lloran. Todos. Pero les haces callar. ¡Malditos niños!  Rápido. Muévete. Notas tus manos entumecidas; los dedos descarnados. Rasca, rasca. Le escuchas sobre la tapa. Aguanta, aguanta. Aprietas los puños. Notas la sangre seca sobre tus sienes. Crujen los engranajes y hueles aire limpio, húmedo, a rosas. Respira, respira. Entra en tus pulmones una bocanada de esperanza. Ciego. La oscuridad del zulo se ha cebado contigo. Y notas el golpe en la cara, saboreas la sangre en tu boca. Notas como recorre despacio tu mandíbula, el cuello, el pecho. Dulce, férrea, despiadada. Cierras los puños. Del pescuezo te levanta. Vas a morir: lo sabes. ¡Ya!, ¿cuándo? ¿Los niños? Más preguntas. ¿Y tú qué sabes?; sí lo sabes. ¿Los niños? ¿Y Billy? ¿Quién es Billy? Otro mocoso, otro más… Otro golpe en las costillas. Crack. El dolor te envuelve y dejas de respirar. Ahora vas a morir, pero no. Duele, respiras. Respiras. Cierras los puños. La misma pregunta. ¿Qué dónde están sus cuerpos? Suplica; maldice. ¿Los niños? Empiezas a ver: luz borrosa, y alguien… ¿Quién? No importa. Te mueves de lado. Otro golpe, esta vez en la espalda. Te giras. Le miras. ¿Quién…? Da igual porque sabes que no vas morir. Te mira a los ojos. Y lo sabes. El no, no puede; no lo hará. Te agarra del pescuezo, hueles su miedo, su colonia barata. Y lo sabes. Cierras los puños, y lo golpeas en la nariz. Cae al suelo y le rematas. Sangra, observas como los sesos blanquecinos se empapan de la tierra húmeda del jardín trasero de la casa. Y lo dejas… ¿Quién es…? ¿Quién es Billy? No importa.

Escaparás de aquí; coges tu saco al hombro.

Das dos pasos, miras hacia el frente, y caminas hacia algún otro lugar… ¡Malditos niños!