Capítulo 1

 NAVE DE TRANSPORTE BEAGLE

DÍA 1, 12:50

 

Sentado en una butaca, anclado con los cinturones de seguridad y con el sistema de respiración del casco activado, Elliot miró su smart: era la una menos diez. No se habían producido retrasos. El ascenso desde el puerto espacial de Kourou hasta la órbita terrestre había transcurrido sin muchos sobresaltos; aunque habían sido diez minutos de aceleración a 4 g en los que llegó a pensar que perdía la consciencia. Su cuerpo se había aplastado contra la butaca y envuelto por la capa de látex que amortiguaba el empuje. Gracias al aporte de oxígeno de la máscara de presión positiva, no se había quedado inconsciente y había conseguido aguantarse las náuseas producidas por el frenazo e ingravidez al alcanzar la órbita. Sin moverse del sitio, Elliot estiró su cuerpo dentro del traje de vacío mientras escuchaba por el altavoz de la nave la voz de la piloto:

—Soy la comandante Ardanza, piloto del vehículo aeroespacial Beagle serie transporte/ALA08-ASESS. Estamos en órbita con velocidad constante. Oxígeno estabilizado. Presurización positiva. Está activada la gravedad interior de la nave, pueden desabrocharse los cinturones.

Advirtió, segundos después, por los sonidos que le llegaban desde la proa de la nave, cómo la tripulación se desanclaba de sus asientos y se movía en la sala de mandos. Supuso que alguien le diría qué debía hacer; sin embargo, nadie se preocupó por su estado. ¿Qué estarían haciendo? La sala de mandos estaba tras la puerta delantera del habitáculo, desde donde se encontraba no podía ver a qué se dedicaban ni tampoco escuchaba con claridad lo que decían. Tras esperar unos minutos, le asaltó la idea de que nadie de la tripulación iba a acercarse hasta el comedor.

Elliot se liberó del casco y miró a su alrededor, fijándose en la sala en la que se encontraba. Le habían explicado que era una zona multiusos y el núcleo social de la nave. Una mesa rectangular emergía del centro y las sillas se retraían hacia los lados en función del uso: despegue, aterrizaje o descanso. A su derecha se encontraba una zona destinada a la cocina básica y el compactador de desechos, una barra con encimera, un dispensador de alimentos, un microestabilizador y poco más. Se notaba que la nave no estaba destinada para trayectos largos. A la derecha de esta superficie, una estación de carga albergaba al SHINM —un androide semihumano de generación intermedia— encargado tanto de la cocina como de la atención de la tripulación y pasajeros. Elliot lo observó por costumbre. Siempre le habían parecido una aberración de la naturaleza o, mejor dicho, de la ingeniería de procesamiento genético. Sin embargo, se había acostumbrado a convivir con ellos. Este en concreto era de aspecto anodino, sin pelo en ninguna parte del cuerpo visible, ojos oscuros y tez clara; el mono gris que usaba de vestimenta no le favorecía en absoluto. «Pero eso a quién le importaba, eran simples mecanismos genéticos», se dijo. Siguió con su inspección visual de la estancia. El techo tenía un gran ventanal al espacio que permanecía cerrado y, junto a la puerta, había dos amplios armarios empotrados, que parecían hacer de guardaespaldas de la salida de la estancia.

De nuevo, escuchó las voces de la tripulación y, con rapidez, tras desabrocharse el cinturón, se levantó y se desperezó. Sentía todos sus músculos agarrotados, le dolía todo el cuerpo. Se sorprendió al advertir un siseante ruido sobre su cabeza, miró hacia arriba y vio cómo se aclaraba el techo. La visión del espacio exterior le pareció sobrecogedora. Había anochecido; la oscuridad que se proyectaba hacia el infinito le intimidó. Desde la órbita terrestre en la que se encontraba la nave, a través de ese ventanal, tan pequeño en relación con lo que había fuera, solo atisbaba una pequeña parte del horizonte: oscuro, aterradoramente bello, lleno de constelaciones y galaxias que brillaban sin interferencias atmosféricas; las inalcanzables luces del cosmos. «¿Algún día seremos capaces de viajar fuera de nuestro sistema solar? ¿Cuántas sondas más enviaremos antes de dar por imposible ese viaje?», reflexionó mientras observaba el espacio sin límites. Le sobrevino la soledad del aventurero, del que sabe que deja atrás su antigua vida, pero que no puede frenar el deseo de nuevas experiencias. Suspiró. Se emocionó al pensar: «¡Estoy orbitando la Tierra!», y en sus labios se dibujó una leve sonrisa de satisfacción.

Minutos después, al salir del comedor, dejó atrás los sonidos de la tripulación. Deambuló por los estrechos pasillos de la nave hasta llegar a su estancia. Elliot puso su huella dactilar en el sensor y la puerta se abrió. Observó la habitación unos segundos, era fría y sin encanto. Dejó la máscara y los tubos sobre la cama y empezó a quitarse la equipación espacial recordando por qué estaba allí. La misión que le habían encomendado consistía en transportar a la Tierra una roca que habían encontrado en una de las vetas de la base de extracción minera Atlantis, al nordeste de la cara oculta de la Luna. Le reconfortó saber que los años de entrenamiento y de estudios por fin daban su recompensa. Aunque cumplía su sueño, al subir a la Beagle todos sus músculos se habían tensado, la emoción y el miedo le habían embargado por igual.

Hacía tiempo que había realizado el entrenamiento necesario para poder viajar a la Luna, aunque hasta hoy nunca había tenido la oportunidad de llegar hasta el satélite. Su trabajo en los laboratorios centrales geológicos de la Alianza Sideral para la Exploración del Sistema Solar (ASESS) en Colonia (Alemania) era rutinario. Aunque cuando se alistó en ella fue para vivir una intensa vida llena de emociones en el espacio, ya había perdido la esperanza. A sus cuarenta y nueve años, había descartado totalmente la posibilidad de subir hasta la Luna. Su carrera como científico en la ASESS también lo frenaba, ya que era uno de los mejores geólogos lunares del planeta, o eso le solían decir, y lo necesitaban en la Tierra. Su ego estaba recompensado de sobra, aunque había dejado atrás parte de sus ilusiones de juventud. Su sorpresa había sido cuando, tan solo dos días antes, le habían comunicado una nueva misión. En este momento se dirigía, por primera vez, al espacio.

Se quitó la camiseta sudada y la dejó sobre la silla, encima del traje de vacío. Se rascó la barbilla. ¿Por qué le habían elegido? Aún no lo tenía claro; no le habían explicado nada sobre la roca, ni sobre el nuevo protocolo de transporte ni sobre la premura de la misión. Y ahora iba de camino a la cara oculta de la Luna como un colegial en su primer día de escuela con la mochila cargada de ilusiones y de desconfianza.

Dobló la equipación espacial y la guardó en el armario, junto a la máscara. La maleta estaba a un lado de la cama, la puso sobre la cama y la abrió. Sacó ropa de trabajo y se vistió. Después, le pudo la curiosidad y salió al pasillo. Comenzó a darse una vuelta de reconocimiento por la Beagle. Era una nave antigua, reconoció el modelo de sus años de adiestramiento; sin embargo, supuso que le habrían actualizado los sistemas y el módulo de inteligencia de navegación. Pensó en que las naves espaciales habían cambiado mucho desde la última vez que había subido a una, hacía ya cuatro años, en el 2100, cuando participó como instructor en el curso de adiestramiento de los nuevos científicos de la ASESS en la base de Kourou. Mientras paseaba, admiraba la tecnología con la que habían mejorado el interior de la nave: luces de ledtronic en suelos, paramentos de resina estabilizada ultracromada… En cuanto a propulsión y sistemas, recordaba que estos modelos más antiguos disponían de propulsores nucleares de fusión de plasma, estabilizadores de despegue y reentrada, aterrizaje de impulso sustentado, un moderno sistema de frenado spoiler-TX9 y una estructura flexible e ignífuga que permitía entrar y salir al espacio de una pieza. Eran unas naves sostenibles y duras, aunque algo pesadas. Además, esta era una aeronave pequeña comparada con las de transporte terrestre en las que había viajado; tan solo tenía capacidad para diez personas más la tripulación. Se decía que la ASESS estaba recortando en gastos, las nuevas naves presentaban problemas en la propulsión. Estaban probando nuevos combustibles y la industria petrolunar estaba en alza por la calidad de sus materiales, aunque se tenían en cuenta sus elevados costes de extracción; encontrar nuevos combustibles era un verdadero reto de ingeniería astroespacial.

Distraído por sus pensamientos, Elliot se encontró de frente a un pequeño Rat —el robot de servicio más gracioso que había visto jamás— que revoloteaba errático por el pasillo. Era un modelo antiguo pero funcional; sus enormes y ovalados ojos azules resaltaban sobre el esqueleto abombado, del que sobresalían varias extremidades. No le extrañó que se utilizara en una nave tan antigua, así que lo siguió con la mirada hasta que desapareció por una de las puertas laterales.

Algo golpeó su pie y trastabilló. Sin esperárselo, cayó al suelo de espaldas y su cabeza rebotó contra el metálico suelo.

—¡Maldita sea! ¡Qué dolor! —masculló mientras se frotaba con la mano el chichón.

Se fijó en el pequeño ciempiés limpiasuelos que se había quedado parado delante de él, con el golpe se había estropeado. Se levantó y le pegó un puntapié.

Se percató de que estaba cerca del final de la nave. Elliot continuó su paseo por los metálicos e impolutos pasillos blancos. Entró en la bodega de carga y se paró a admirar una armadura robótica de nueva generación. Era enorme, articulada y de un metal ultraligero extraído de la Luna. Un robusto exoesqueleto que aportaba fuerza extra y disponía de un sistema de anclaje a la superficie lunar, aunque no incluía armamento; no como las de uso terrestre, que eran consideradas armas de destrucción.

Observó el interior del almacén, donde estibaban todo el cargamento, los suministros y el material auxiliar. Allí también se encontraba enganchada en la pared, junto a la puerta de entrada, la otra indumentaria necesaria para la tripulación: las mochilas de propulsión, los exotrajes y los cascos de salida al exterior. Para cargar o descargar, había que pasar por una pequeña sala descontaminante. Recordó lo que las odiaba y miró hacia el fondo de la nave, donde una doble compuerta le separaba del abismal exterior.

No quiso acercarse hasta la compuerta. Observar el vasto universo le hacía sentir pequeño, débil, tan indefenso como afortunado por poder verlo desde allí. No le gustaba esa sensación tan contradictoria; no quería perder la oportunidad de ver qué más había en la nave. Su ilusión por el viaje le apremiaba a continuar con su repaso visual. Un brusco movimiento de la nave le paró en seco. No le dio mucha importancia a la extraña sacudida —no era ningún experto en aeronaves espaciales—, así que continuó con su vuelta de reconocimiento. Echó un último vistazo a la bodega y salió rápidamente hacia el pasillo central de la nave. Al girarlo hacia la derecha, se encontró con la entrada principal de la Beagle. A esta se podía conectar una escalera mecánica o un muelle de acceso.

—Elliot, Ellioot, Elliooott, ven a mí —llamó su atención una tenue voz femenina—. Ven a mí, Elliot.

Asustado, miró a su alrededor, pero estaba solo.

—¿Quién eres? ¿Dónde estás? —preguntó alarmado, sin saber a quién se dirigía—. ¿Dónde estás? ¿Estás ahí? No sé dónde te encuentras —repitió inquieto.

Al tomar el pasillo de donde creía que provenía aquella suave voz, un escalofrío le recorrió la espalda cuando retumbó, de nuevo, en su cabeza:

—Elliot, Ellioot, Elliooott…

De repente, la inquietante voz desapareció.

Estático, confuso, en medio del pasillo, se preguntó si estaba alucinando. ¿¡Qué!? ¿Qué ocurría? Distintas sensaciones se removieron en su interior. ¿A qué se debía su desasosiego? En ese momento, una alarma le taladró los tímpanos. ¡Qué sonido más estridente! ¿Qué ocurría en la nave?

Inquieto, atajó por medio del comedor para llegar a la sala de mandos. Desde la puerta, Elliot observó, con preocupación, la escena. ¡Su primer viaje espacial y empezaba mal!

En el panel de control del ordenador de a bordo, se habían encendido varias luces rojas. La comandante y el resto de la tripulación mantenían una tensa conversación mientras le indicaban el estado de los sistemas de la nave. Plantado, desde el umbral de la puerta, Elliot se atrevió a interrumpirlos.

—Comandante, ¿qué? ¿Qué ocurre?

Ardanza levantó la cara de la pantalla del ordenador de a bordo y se fijó en el hombre que la había importunado.

—Señor Owen, ¡está usted aquí! —gruñó—. ¿Qué quiere? Usted es un pasajero. No debería estar aquí.

—Por favor, llámeme Elliot. —Vio cómo ella fruncía el ceño—. He escuchado una alarma. He creído que-que debía venir —dijo dubitativo ante el tono imperativo de la oficial.

—Entiendo. No se preocupe. Está todo controlado. —Miró al hombre y endureció su voz—. No es buen momento para charlas. No quiero ser descortés, pero debe dejarnos trabajar. Por favor, salga de la sala.

Aunque la decisión con la que la comandante le había hablado dejó claro que sus palabras eran una orden, Elliot se mantuvo erguido en el umbral de la puerta, aguantando la fulminante mirada de la oficial que estaba al mando de la Beagle. Se percató de que el segundo de la nave le miraba con una ceja levantada, expectante ante la reacción de su superior.

—Comandante… —A Elliot no le dio tiempo a terminar la frase.

—Señor Owen, le he dicho que salga de la sala, ¿es que no le han quedado claras mis palabras?

Sin esperar a que él siquiera le respondiera, Ardanza continuó con las órdenes a la tripulación y prosiguió la tensa conversación con el otro oficial.

Elliot aguardó, valorando qué hacer, sin moverse de su sitio. Tres minutos después, escuchó a Ardanza dejarle claro al segundo al mando su desacuerdo. La oficial observó brevemente los datos de la pantalla del ordenador y se dirigió al resto de la tripulación:

—Strozzi, revise los propulsores. ¡Y rápido! Capitán, verifique la navegación. Teniente, quiero saber el estado de las comunicaciones. Johnson, usted compruebe los sistemas vitales —ordenó a su tripulación. De repente, Ardanza notó un leve susurro en su cabeza—. ¿Qué es eso, teniente? ¡Un zumbido! ¿Lo oye?

La teniente Dubois dudó unos segundos y negó con la cabeza.

—Comandante, los propulsores pierden potencia. —Ardanza escuchó a su ingeniero elevar la voz.

—¡Maldita sea! Strozzi, compruebe inmediatamente a qué se debe.

—Teniente, ¿qué me dice de ese zumbido?

—¿Zumbido? ¿A qué se refiere, comandante? —Dubois no despegó la mirada del panel del sistema integrado de enlace y detección (SIED)—. En la radio, hay un ruido molesto que no identifico. Algo nos está interfiriendo los sistemas de TDRS y la telemetría.

—Disculpe, señora, pero… —Elliot la interrumpió otra vez—. Ahora, yo soy parte de la tripulación —continuó muy serio aguantando la fulminante mirada de la comandante mientras, con aire de suficiencia, se situaba a escasos pasos de ella—. Señora, ¿en qué puedo ayudar?

—En nada. Salga de aquí.

—Insisto. Comandante, señora —contestó y cruzó sus brazos por delante del pecho.

—Señor Owen, a ver si lo entiende. No puede ayudarnos. Salga y déjenos trabajar. Si no sale de esta sala, usted y yo tendremos un problema.

Elliot se quedó perplejo, nadie le había tratado nunca con tanta dureza. Tardó unos segundos en llegar a la conclusión de que la comandante no iba a cambiar de opinión: allí no tenía nada que hacer. Por fin, desistió.

Tras echarse el lacio flequillo hacia un lado, en un gesto airado, salió lentamente de la sala de mandos, dejando a la tripulación con los problemas de la nave, y se acercó al comedor y zona de descanso. Allí, las sillas de despegue aún no se habían retraído, así que se sentó en la suya.

Se preguntó qué ocurría en esa nave. ¿Fallos técnicos?, ¿alucinaciones?, ¿una voz en su cabeza? No podía dejar de pensar en la susurrante voz que había escuchado en el pasillo. Buscó una explicación posible: quizá la había producido el estrés del viaje o el golpe contra el suelo. «En el espacio, ¿las leyes físicas son diferentes?», se preguntó en un intento de justificación. Quizá un golpe, por muy pequeño que fuera, podría tener consecuencias horribles, como un edema cerebral o cualquier otra complicación que produjera alucinaciones. Seguro que encontraba una explicación razonable. Se tocó de nuevo el chichón, no parecía grave, nada grave.

Al cabo de un rato, continuaba sentado en la silla, se notaba menos exaltado. Sin embargo, una nueva sensación crecía en su interior. Escuchó voces y aparecieron por la puerta del comedor todos los tripulantes de la nave, menos la comandante.

—Señor Owen —exclamó el capitán al encontrarlo allí sentado. Este se acercó a él—, soy el capitán Nathan Dankworth, el copiloto de la nave —terminó de presentarse con una sonrisa amistosa y serena al mismo tiempo que alargaba el brazo para estrecharle la mano.

Dankworth notó cómo los ojos azules del científico le taladraban.

—Elliot Owen, científico de la ASESS, geólogo y experto en biomateriales. Puede llamarme Elliot —respondió con cortesía inglesa.

Se levantó de la silla y le estrechó la mano con firmeza.

—¿Es su primer viaje? A la Luna, me refiero.

—Sí, el primero, a la Luna —contestó Elliot, con una leve sonrisa.

—¡Bien! Pues relájese y disfrute, dentro de dos días estará pisándola —animó Dankworth. Luego, señaló hacia sus compañeros—. Le presento al resto de la tripulación: la teniente Cécile Dubois es quien está en las comunicaciones; Guido Strozzi y Jack Johnson son nuestros chicos de sistemas. ¡Los mejores ingenieros espaciales! Y a la piloto, la comandante Avril Ardanza, ya la conoce.

—Encantado de viajar con ustedes. —Elliot les estrechó la mano a todos.

El capitán endureció el tono de voz.

—Como sabe, han surgido una serie de problemas que debemos solucionar antes de proseguir el viaje, ahora orbitamos alrededor de la Tierra. Tenemos mucho trabajo.

—¿Qué clase de problemas? En la sala de mandos he escuchado…, bueno, la nave…, esa alarma… Se han encendido muchas luces rojas, ¿no? Me gustaría que me diera más información.

—En este momento, no estoy en condiciones de explicar lo que le sucede a la nave. Lo único que puedo contarle, si está interesado, son las próximas maniobras que realizaremos.

—Soy todo oídos —dijo Elliot. Se fijó en que este fruncía el entrecejo.

—Bien, pues, para su tranquilidad, la nave está estable en órbita alrededor de la Tierra. Necesitamos alcanzar una velocidad y una posición determinadas, una ventana de salida óptima. —Dankworth desvió la mirada hacia los demás y les hizo una seña para que empezaran a buscar en los armarios; luego continuó—: El método que vamos a utilizar consiste en aumentar la velocidad hasta conseguir las coordenadas de salida orbital terrestre y, posteriormente, estableceremos otra órbita alrededor de la Luna en la que desaceleraremos hasta tener disponible la ventana de alunizaje, ¿le parece interesante? —Elliot asintió—. Sobre los detalles de lo que le ocurre a la nave, como le he dicho, no puedo añadir nada, pero le aseguro que vamos a solucionarlo lo antes posible para continuar con el viaje. —Sonrió para tranquilizarlo—. Debería descansar, puede ir a la habitación. Intente distraerse. Le avisaremos a la hora de la cena. Ahora, si me disculpa, vamos a seguir trabajando.

—De acuerdo, capitán. Los dejaré tranquilos.

Mientras Elliot pensaba en qué hacer, los observó. Nathan, el capitán Dankworth, era un hombre alto y corpulento; supuso que algo más joven que él —o el corte de pelo le rejuvenecía—; de pelo oscuro y ondulado, que llevaba corto y algo revuelto; su mirada le había transmitido confianza y su apretón de manos, seguridad. Mantenía una intensa conversación con la teniente Dubois; rubia, de ojos oscuros y algo pecosa. A Elliot le pareció demasiado joven para formar parte de la tripulación. Ambos miraban cómo el primer ingeniero, Strozzi, buscaba algo en el armario. Sacaba unos archivadores que le pasaba a Johnson, quien los cogía y los amontonaba en una butaca. Le llamó la atención la corpulencia de Strozzi, de cabello castaño y piel bronceada, cara cuadrada y el pelo raso. En cambio, Johnson le pareció poca cosa, algo famélico. Además, el pelo oscuro y lacio le daba un aspecto triste. La comandante Ardanza no le había caído bien, le pareció muy antipática. De cabello castaño y rizado, su cara era de rasgos suaves y pómulos elevados; nunca había conocido a nadie con sus ojos color violeta. Elliot escuchó la conversación de la tripulación sin entender de qué hablaban. Ni siquiera habían llegado a sentarse, solo cogían los archivadores del armario situado a un lado de la puerta de salida del comedor. No pudo dejar de horrorizarse al percatarse de que era papel clásico lo que contenían los archivadores. ¡Papel del antiguo! ¡Si ya no se utilizaba! Estaba terminantemente prohibido talar árboles, solo se podía usar el reciclado, y ya quedaba poco de ese material. ¿Cómo era posible que lo utilizaran en una nave espacial? No se atrevió a preguntar sobre el origen de esos folios, ya que se percató de la preocupación en las caras de la tripulación.

Una vez que cogieron lo necesario, salieron del comedor sin dirigirle ni una palabra de despedida. Desde el umbral de la puerta, el capitán se giró hacia él.

—¿Ha utilizado alguna vez un intercomunicador espacial?

Elliot sintió que Dankworth le evaluaba.

—Sí, en los entrenamientos.

—Bien, entonces, si necesita algo, pídaselo a la interfaz de navegación aeroespacial. Es la inteligencia artificial del ordenador de a bordo, la llamamos INA.

—Así lo haré, gracias.

Tras verlo desaparecer, Elliot comenzó a tamborilear con los dedos sobre el apoyabrazos. Se sentía molesto por cómo lo había tratado la oficial al mando; no soportaba que lo ignorasen. Le había dejado clara su determinación a la comandante Ardanza y, aunque el capitán había sido más condescendiente con él, no tenía la intención de desaparecer. Sin embargo, tampoco iba a suplicarles que contasen con él. Su nerviosismo aumentó al darse cuenta de que no podía hacer nada más que esperar a que la tripulación hiciera su trabajo. Además, estaba seguro de que la nave tenía más problemas de lo que Dankworth le había transmitido. ¡En absoluto la conversación con el capitán le había tranquilizado! Los soldados y sus reservas; dentro de las organizaciones militares siempre había secretos. Y, desde luego, la ASESS no era una excepción. ¡De ninguna manera iba a creerse esas palabras!

Echó una mirada a su alrededor y se fijó en el firmamento estrellado a través del ventanal del techo. Recordó hacia dónde se dirigían: la cara oculta de la Luna. ¿Su misión? ¿Qué sabía de su misión? Debía revisar cuanto antes toda la documentación que le habían entregado antes de subir a la nave. Por primera vez en toda su carrera, no sabía realmente cuál era su cometido. ¡Transporte de una roca!, ¿qué roca? ¿No tenía la ASESS personal suficiente para llevar rocas lunares que lo tenía que hacer él? Así que, mientras la tripulación intentaba solucionar los problemas técnicos y la nave permanecía a la espera de proseguir su viaje, se dirigió a su habitación.

Una vez dentro, Elliot cogió su ordenador y lo colocó sobre la mesa, lo encendió y metió la memoria MUC que le habían entregado antes de subir a la nave. Solicitó a INA por el intercomunicador que le trajera un café y se sentó frente a la pantalla.

Unos minutos después, una taza caliente estaba sobre su mesa y él comenzaba a leer los archivos. Tras un rato inmerso en los documentos, sintió una punzada en la cabeza. ¿Un zumbido?, se alarmó: «¿Qué te ocurre? ¿Por qué notas esto?». La molestia era leve pero insistente. Se sacudió la cabeza un par de veces y se masajeó la sien. Sin resultado, el sonido, recalcitrante, seguía en su mente.

—Ellioot, Elliooott.

Dio un respingo en la silla. «¡La voz! ¡Otra vez! ¿Alucinas? Todo está en tu cabeza. Piensa. Por el golpe de antes. Quizá. ¡Sí! Piensa. Te sientes bien. Sí, sí; bien, bien. Y esa voz, ¿de quién? Síguela, parece que viene de fuera. Sí, sí, ¿dónde? Fuera». Deprisa se levantó, con la vista puesta en la puerta. Intranquilo, dudó unos segundos, antes de abrirla y salir al pasillo.

—Ellioot, Elliooott…

Miró a ambos lados: allí no había nadie. Dudó hacia dónde moverse. Parado en el umbral de su habitación, de pronto, delante de él, comenzó a tomar forma una figura blanca, cristalina, etérea; una mujer que se desvaneció en segundos.

Intentó gritar. Solo consiguió emitir un triste y agudo chirrido que le rasgó la garganta: era el aire de su desesperado alarido intentando salir. Su corazón no estaba preparado para propulsar tanta sangre, notó un profundo dolor en el pecho al sentir cómo se le aceleraban los latidos. ¡Iba a darle un paro cardíaco! Asustado como nunca lo había estado, entró de nuevo en su habitación, cerró la puerta y bloqueó el acceso.

 

NAVE DE TRANSPORTE BEAGLE

DÍA 1, 15:30

 

Cuando Dankworth entró en la sala de mandos, vio que Strozzi tenía desplegados sobre la mesa los mapas en papel de los sistemas de la Beagle mientras buscaba los puntos de acceso manuales a los circuitos que no dependieran del centro de procesamiento cognitivo de navegación aeroespacial y Johnson realizaba la verificación del estado de todos los sistemas en la interfaz de usuario de INA.

—Llevamos una hora con los propulsores parados. ¿Ha encontrado una forma de acceder al procesador central? —preguntó Dankworth al ingeniero jefe de su nave.

—Sí, pero habrá que reiniciar los sistemas.

—De acuerdo, se lo comunico a Ardanza —prosiguió—. Johnson, ¿cómo va con la verificación de los sistemas?

—Sistemas de control: los escudos antirradiación están semioperativos, dejan de funcionar y luego se recuperan. El sistema vital está operativo, aunque la ventilación presenta un bloqueo y ha dejado de salir aire limpio, solo permite la recirculación.

—¡La ventilación! —Reprimió una maldición.

Con el sistema de ventilación bloqueado, solo tenían una reserva de oxígeno de veinticuatro horas; pasado ese tiempo, las compuertas del circuito se cerrarían del todo cortando el flujo de aire.

—Vuelva a comprobar su estado, ¡por favor!

—Inmediatamente, mi capitán.

Unos minutos después, Johnson le confirmó que la ventilación seguía sin funcionar de acuerdo con los parámetros establecidos: se quedaban sin aire limpio. Su cabeza empezó a embotarse, ¡el oxígeno se agotaría!, ¿entonces qué? Aguantarían. ¿Cuánto oxígeno les quedaría en veinticuatro horas? No el suficiente para todos y en pocas horas más para ninguno. Notó que el tiempo se aceleraba, el «tictac, tictac» de la cuenta atrás resonó en su cabeza. Se les agotaba el aire. Respiró hondo. Recordó su entrenamiento para enfrentar situaciones extremas. Tras reflexionar unos minutos sobre qué hacer, se dirigió al ingeniero de mantenimiento.

—Johnson, verifique los propulsores otra vez.

—A sus órdenes, mi capitán.

Dankworth continuó evaluando la situación. Sin los propulsores, estaban varados en el espacio. Sin los sistemas de navegación, podrían chocar con cualquiera de las estaciones orbitales, con alguno de los satélites meteorológicos o de defensa, con la plataforma de construcción orbital o con cualquier tipo de basura espacial que se les cruzara por el camino. La situación parecía grave, bastante preocupante.

—Dubois, ¿me escucha?

—Sí, mi capitán.

—¿Ha comprobado el radar y las comunicaciones?

—Estoy en ello, aún no he terminado. De momento, están operativos, aunque siguen apareciendo esas extrañas ondas que nos interfieren los sistemas.

—Capitán, los propulsores siguen sin funcionar —le interrumpió Johnson.

—De acuerdo —respondió al ingeniero y retomó la conversación con su teniente—: Avíseme en cuanto tenga novedades sobre las ondas.

¡Demasiados problemas! Consiguió mantener la calma, una calma tensa que le pesaba como una losa sobre sus hombros. ¡Fallos informáticos, sistemas sin acceso, propulsores parados, la ventilación, las interferencias! ¿Por qué esas interferencias? ¿Cuál sería el origen de las ondas que las producían? ¡Las complicaciones se le amontonaban! Respiró hondo. Comenzó por establecer prioridades, lo más apremiante en ese momento era resolver el problema con la ventilación; luego se encargarían de restablecer los sistemas. Iba a ser un trabajo fácil. Cuando se embarcó en la Beagle, creía que el viaje iba a ser rápido, pero se les estaba complicando mucho, demasiado. Si no lograba controlar la situación, ¿qué harían?, ¿cómo sobrevivirían?, ¿cómo? ¡La cápsula de salvamento! ¡La única opción! Pero tendría que convencer a su comandante. ¿Qué opinaría ella? ¿Le llevaría la contraria, como siempre?

Una llamada por el intercomunicador lo sacó de su vorágine mental: Ardanza quería reunirse enseguida con él. Respiró hondo.

Al entrar en la cabina de pilotos, donde su comandante le esperaba, cerró la compuerta tras de sí. La encontró observando el firmamento a través del enorme ventanal. En cuanto se percató de su presencia, giró la butaca en su dirección; al cruzar sus miradas, notó la tensión entre ambos. No iba a ser una conversación fácil.

—Comandante, no sé si se ha dado cuenta de la situación en la que nos encontramos.

—Capitán, sé perfectamente cuál es la situación.

Se había cansado de sus recriminaciones. ¿Quién se creía que era para hablarle en ese tono?, ¿con esos modos? A ella, a su superior. Delante de ella, tenía desplegadas las pantallas de la consola del ordenador central desde las que se dirigía la nave, sabía perfectamente en qué situación se encontraban. Se levantó del asiento y lo miró de arriba abajo.

—¿Ha considerado acondicionar la cápsula de salvamento? —Sin rodeos, Dankworth lanzó su propuesta—. Quizá sea nuestra última opción.

—No lo veo conveniente.

—Yo mismo la prepararé.

—Le necesito en la navegación.

En el ímpetu de las palabras de su segundo, notó algo de preocupación, así que, en un intento por rebajar la tensión entre ellos, se sentó y se apoyó en el respaldo. Se recolocó detrás de la oreja el mechón de pelo que le caía sobre los ojos y suavizó su tono de voz:

—Como sabe, hay que rehacer la ruta y que INA repita los cálculos de la ventana de salida.

—Con el debido respeto, piénselo. No perdemos nada. Llegado el caso de necesitarla, estaría operativa. No se lo recomendaría si no lo considerara una opción factible.

—No creo que sea necesario, capitán.

—Mi comandante, ¿sabe a qué nos enfrentamos? —Dankworth elevó el tono de su voz—. No, ¿verdad? Ni yo tampoco.

Ardanza se tomó unos segundos para reflexionar sobre esas palabras. Desvió la vista hacia la consola de pilotaje en tanto pensaba qué hacer. Como siempre que rumiaba algo, se mordía suavemente el labio inferior. Tras evaluar los pros y los contras, lo miró a los ojos para responderle.

—De acuerdo, avitualle la cápsula de salvamento. No considero su idea descabellada.

Dankworth dudó ante la celeridad con la que ella le había concedido su petición. No solía convencerla tan rápido. Asintió con la cabeza.

—A sus órdenes, mi comandante.

Acto seguido, se giró para salir por la puerta, no sin antes echarle un último vistazo a Ardanza, cuya mirada se perdía en el espacio exterior mientras apoyaba las manos sobre el reposacabezas de la silla del piloto.

Salió de la cabina y, minutos después, Dankworth, confuso, indeciso y enfadado, pasó de largo por la sala de mandos, atravesó el comedor y giró a la derecha, hacia el pasillo de su habitación. Necesitaba unos minutos antes de volver a centrarse en su trabajo. Intentaba mantener sus pensamientos a raya, no entendía por qué se sentía tan furioso. No era la primera vez que había conseguido hacerla cambiar de opinión. Aunque le costaba reconocerlo, él sabía que Ardanza sí tenía en cuenta sus propuestas. Mientras recorría la corta distancia hasta su habitación, le daba vueltas a la conversación con la comandante. ¡Le incomodaba tanto tener que enfrentarse a ella!, ¡le sacaba de quicio! Ardanza era una buena piloto, la mejor que había conocido, valiente y entregada; también era tan arrogante, tan testaruda. En fin, tan ella.

Al entrar en su habitáculo, estampó su puño contra la pared. Estaba enfadado con Ardanza y consigo mismo. Se dejó caer sobre la cama. Se miró los nudillos amoratados y notó cómo le roía la impotencia de no poder controlarse. Se incorporó despacio y se fijó en la enorme pantalla incrustada en la pared sobre la mesa, justo a los pies de la cama, a modo de cuadro, que proyectaba una fotografía en tres dimensiones de una espectacular playa con un acantilado, rodeada de un frondoso bosque verde. Le removió algunos recuerdos, un pasado que le atormentaba y del que huía. Respiró hondo. Pasados unos minutos, dejó a un lado sus pensamientos sobre su vida anterior a enrolarse la ASESS y se centró en Ardanza, en cumplir sus órdenes, en avituallar la cápsula de salvamento.

***

Mientras tanto, Ardanza permanecía sentada en su butaca. Sus manos frías tecleaban en la consola del ordenador de a bordo; levantaba y bajaba las palancas manuales del sistema de navegación para comprobar si estas funcionaban. Con suavidad, deslizaba sus dedos sobre la pantalla táctil de la consola de pilotaje para pasar de los datos a los gráficos de control. Mientras esperaba a que INA rehiciera los cálculos para ver las opciones que tenían de continuar el viaje, algo en la carta de navegación llamó su atención y se detuvo a examinarla.

Casi no podía estirar las piernas en el poco espacio que le dejaba la butaca, estas le temblaban de la tensión, titiritando sin sentir frío. Levantó la mirada y se fijó en el espacio exterior; acarició con la yema de los dedos los apoyabrazos de su silla. Frente a ella, en una órbita más alejada, se distinguía la Orbital-4, la primera estación de lanzaderas a Marte de alta velocidad que se estaban construyendo, situada en la parte exterior del circuito estelar. Le parecía un sueño hecho realidad, aunque ella nunca iría a Marte. La ASESS ya había instalado pequeñas bases extractoras en la zona de Arcadia Planitia de la zona media del hemisferio norte del planeta. Se frotó los ojos, los notaba cansados. Era de día y el Sol brillaba tras la estación, nítido y apabullante. A esa distancia de la Tierra, el contorno del astro se redondeaba. Incluso parecía tener un borde del que emanaba calor infinito, del que dependía la vida de… Reflexionó sobre eso último. Su vida y la de su tripulación corrían peligro. En la nave, todos estaban dando el cien por ciento de esfuerzo y ella no podía ser menos. Estiró todo el cuerpo, elevando los brazos hacia arriba. Decidió levantarse de su butaca y sentarse en la de su capitán. Se apoderó de ella cierta incomodidad. Nerviosa, estiró las piernas un poco, esperando en silencio a que Dankworth apareciera.

Volvió de un salto a su sitio en cuanto INA le reportó los datos. Al revisarlos, se dio cuenta de que la situación era más grave de lo que imaginaba. Tragó saliva y abrió las comunicaciones internas de la nave.

—¡Todos a la sala de mandos! —Escuchó su propia voz, entrecortada por las interferencias, en el altavoz.

Unos minutos después, la tripulación, incluido Elliot, se encontraba reunida en la sala, con la duda sembrada en sus caras.

—¿Cómo van las comunicaciones con la Tierra? —Sin perder más tiempo, Ardanza le preguntó a Dubois.

—De momento, operativas. He informado a COP, siguen intentando acceder en remoto al SIED.

—¿Control de Operaciones aún no ha accedido a la telemetría ni a las comunicaciones?

—No, señora; de momento, a ninguno de los dos. Pero los satélites del TDRS están operativos.

—Bien, si hay cambios, me informa de inmediato. —Hizo una pausa para organizar las ideas y transmitirles tranquilidad—. Los he reunido a todos para informarles de la situación; habrá que tomar una decisión importante —comenzó con seriedad Ardanza—. Los sistemas vitales no funcionan correctamente y, si no hay cambios, nos quedan veinte horas de aire y descendiendo.

—¡¿Y qué vamos a hacer?! —Los nervios pudieron con Elliot.

Todos le miraron sorprendidos por su interrupción.

—Señor Owen, si quiere enterarse de lo que vamos a hacer, tendrá que estar callado. —Ardanza le dirigió una mirada de desaprobación y continuó con la reunión—: Johnson, ¿en qué estado se encuentran los sistemas?

—Siguen con fallos —informó el ingeniero—. Hacemos todo lo que podemos, pero esas malditas ondas no lo ponen fácil; desde COP tampoco nos dan una solución.

Se hizo el silencio.

—Señores, si seguimos así, tenemos un problema grave —añadió Dankworth. Se percató del enfado de Ardanza por como le clavó la mirada—. Si no logramos restablecer los sistemas, la única opción es abandonar la nave.

Ardanza se mordió la lengua para no reprender a su segundo. Seguía sin comprender esa rivalidad con ella, ¿por qué le costaba tanto aceptar sus órdenes? Si le había concedido su petición, ¿a qué venía esa forma de tomar el mando?

—¿Y qué hacemos ahora?, ¿vamos a abandonar la nave? ¿Cuándo…? —intervino Elliot, ajeno a las directivas espaciales; empezaba a sudar de forma descontrolada.

—Señor Owen, tranquilícese. —Dankworth interrumpió la pregunta del científico.

Quería ahorrarles la desagradable situación de verlo entrar en pánico en los próximos segundos.

Elliot se mordió la lengua para no seguir preguntando, notaba los nervios en el estómago.

—Capitán, ¿tenemos la cápsula de salvamento operativa? —Ardanza le sostuvo la mirada a su copiloto.

—Sí, comandante. Está lista.

—Bien, la cápsula es la última opción; llegar al destino es prioritario. Nos tenemos que centrar en recuperar los sistemas. COP está al tanto e intenta acceder a ellos de forma remota. Pongámoselo fácil. Pueden tomarse un descanso para comer, luego los quiero a todos en sus puestos.

Dankworth escuchó el tono frío que Ardanza había utilizado, quería decir que daba por concluida la discursión. Con un gesto de la mano, ella le indicó que se quedara.

Acatando las órdenes, permaneció a su lado en la sala de mandos mientras observaba cómo los demás los dejaban a solas. Tenía claro que Ardanza no quería que el resto de la tripulación estuviera al tanto de su conversación. Sabía que la cuenta atrás había comenzado, seguía escuchando el amenazador tictac del reloj de su cabeza.

Ardanza se acercó hacia él y tan solo dejó unos pasos de distancia entre ambos. Como si se tratara de un secreto, dijo:

—Me preocupan esas interferencias, no sabemos cuánto tiempo van a durar. COP mantiene un hermetismo que no me gusta nada.

—Probablemente estén como nosotros; no sabrán de dónde proceden y por qué nos afectan. El universo envía señales constantemente y nosotros también las emitimos. Hay que darles más tiempo.

—¿Tiempo? ¡Justo es lo que no tenemos, capitán! —exclamó Ardanza. Lo miró a los ojos, siempre le causaba la misma sensación: una mezcla de confianza y de tranquilidad. Bajó el tono de su voz—: La cápsula de salvamento es una opción, pero la misión es prioritaria. Ya lo sabe —le recordó a su segundo haciendo hincapié en el tema que los separaba.

—Comandante, lo sé.

Dankworth no desvió la vista, se mantuvo firme frente a la mirada arrogante de su comandante.

—Me alegra haber comentado esto con usted. Es importante que nos entendamos por el bien del equipo y de la misión —añadió con tono serio.

Se retiró unos pasos hacia atrás para esperar su respuesta.

Se hizo el silencio. Se había creado una nueva situación tensa entre ellos, otra más.

Dankworth se tomó unos segundos para pensar qué contestarle. Buscaba las palabras adecuadas, ya que no estaba en absoluto de acuerdo con ella. La conversación le había parecido más un toque de atención para establecer la jerarquía que para compartir sus inquietudes.

—Entendido, la misión es prioritaria.

Tenía claro que esa conducta de su superior era un muro entre los dos; le sacaba de quicio. Nunca llegarían a conectar, nunca hasta que ella no cambiara su actitud.

—Perfecto.

—¿Ordena algo más, mi comandante?

Otra vez el silencio los separó.

—No, Dankworth. Eso es todo, puede retirarse.

Ardanza sabía que la situación con su segundo no era la más apropiada en esas circunstancias: le necesitaba a su lado y no contra ella. Pensó en intentar hablar, de nuevo, con su copiloto, pero no tenía claro si serviría de algo. Lo miró de reojo mientras él salía de la sala de mandos.

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Datos del libro: ISBN: 9791387677046 Tamaño: 152 X 228 Páginas: 302 Tipo: Tapa Blanda.