El móvil de la muerte

Maldita sea tu suerte. ¡Qué dolor de cabeza! La boca seca; el pecho dolorido. ¿Qué había ocurrido? Todo por un móvil. Sí, por un maldito iPhone 16. Nuevo. Parecía nuevo. Lo viste sobre la mesa, descuidado; el hombre comía un chuletón y quitaba las grasitas de las esquinas, pinchaba unas patatas, de esas jugosas, panaderas. Tanta hambre; tenías demasiada hambre. Y el tipo trajeado parecía distraído en sus propios pensamientos, pero no. Era una trampa y caíste.

Morirías por ese móvil; dinero fácil, tu salvación.

Agarraste el teléfono y corriste. Tampoco demasiado deprisa; el tipo no iba a seguirte. De eso estabas seguro, ni se movería de la silla. Él, estupefacto, no entendería qué había pasado; ¿por qué demonios su móvil había desaparecido al levantar la vista del plato? Al acercarte, te lanzó una mirada de indiferencia y prosiguió a lo suyo, mientras te demorabas unos segundos, acechante. Rápido, tan rápido lo agarraste. Corriste calle abajo hasta quedar sin aliento. Respira, respira, respira.

Cruzaste la calzada y entraste en la callejuela; olía a suciedad, a pobreza, a decadencia. A los lados, varios cartones, un carro de la compra destartalado y algunas mantas sucias. Pensaste que te habías librado de él. A solas o eso creíste. Entre tus manos temblorosas relucía la pantalla. Nuevo; era casi nuevo. Color negro, carcasa transparente, limpia; sin rayaduras. ¡Precioso! ¡Carísimo! Sí, su roce te estremeció. Te lo guardaste en el bolsillo. Ibas a venderlo, a sacarle unos cuartos. Te pudo la curiosidad: cotilleaste sus imágenes, vídeos, contactos. La vida del hombre, otra vida. ¿Sacarías tajada de su intimidad? ¡Sí! Por supuesto. ¿Qué miserias escondería el tipo rico que comía con pulcritud y abolengo? Curiosidad; demasiada curiosidad. Y la fastidiaste.

¿Qué recuerdas? Recuerdos…, tan solo trazos del momento, el golpetazo, del porrazo contra el suelo… La calzada gris y las paredes mugrientas, cada vez más estrechas, te acorralaban, engulléndote paso a paso. El olor a decrepitud se metió en tu nariz. Otros pasos detrás, otra respiración entrecortada que se iba relajando mientras se acercaba con sigilo, rápida, imperturbable.

Al girarte, le viste; sí, era él: el hombre trajeado. ¡Qué dolor! ¡Tu cabeza! Estallarte la cabeza; negro, negro, negro… ¿Por qué lo robaste? Y ahora… ¿Qué? ¿Qué será de ti? Este loco te ha atrapado. Debiste pasar, no cogerlo; parecía nuevo, parecía algo fácil. Respira, respira, respira. ¡Quieto!; tanto dolor. ¡Quieto! ¡Para de moverte! ¡Te duele! Las manos atrás; el pecho estirado; falta el aliento. ¡Sangre! ¡Sangras! ¡La cabeza! Quieto. Su voz… ¿Susurra? ¿Qué dice? Que soy mala persona. Que soy un ladrón. Que no tengo valores, que he perdido mi humanidad. ¿Qué sabrá él de humanidad? Pero no, yo no… solo fue necesidad. Está loco. Ahora recuerdo las imágenes… Vi el vídeo, el del otro mendigo, el que asesinó.

¡Qué horror! ¡Qué náuseas! Para. Aguanta. Respira. ¡No! ¡Vomitar no! Miedo. ¡La cabeza, tanto dolor! Una brecha enorme; sin poder pensar. Duele. A tu alrededor no hay nada, paredes acolchadas con plásticos negros, una sala vacía, oscura, sin alma; tan solo él y tú. Sentado en la silla, de esas plegables de plástico barato, te balanceas por inercia. Cálmate. ¡Imposible! Cálmate. Háblale, hazle entrar en razón. Eres comercial; sabes convencer. Eras; di que eras, pero ya no. Ahora tan solo un mendigo.

La tenue luz que cuelga del techo, una simple bombilla amarilla, te golpea en la cara al levantar la cabeza para desafiarle, al abrir los ojos cuando entiendes el horror que te espera. Te mira sin piedad; sus ojos relucen en la oscuridad como los del diablo. Satanás hecho carne, vengando a los suyos. Un loco. Solo un simple hombre, un hombre loco. ¡Un asesino! ¡Tu asesino!

¿Por qué? Te dice que es necesario, que debe hacerlo, que es justicia divina. Ojo por ojo. Cortar la mano del que roba. No eres el primero; quizá tampoco el último. Otros mendigos lo observarán como tú viste el macabro vídeo. Otros morirán como tú vas a morir. Lo vi, sí. Ahogas los gritos: «Sé lo que les haces, lo que me vas a hacer a mí». Las atroces imágenes del otro, del otro yo… de tu muerte. ¿Qué te espera? Morir destripado, desangrado… ¡No! No quiero morir por robar un puto móvil. No por eso, no por unas monedas sucias y rastreras, por guijarros sin honra, por necesidad, por hambre.

Te mira fijamente mientras se acerca con el cuchillo, con la máscara que le tapa la cara, pero que deja ver su despiadada mirada, su sonrisa satisfecha. «¡¡Nooo, nooo te acerques más!!». Tus manos inmóviles, sujetas con las bridas. Muévelas. Desatarte. Imposible. Se acerca más y te rodea; saborea tu miedo, tu terror, tu desesperación. Notas su aliento caliente sobre la cara. «¡Suéltame! ¡Por Dios, suéltame!». Pero no lo hace.

Coge el iPhone y lo coloca en el trípode.

Y graba…, lo graba todo.