Le entregó el visor, maltrecha por el golpe en la cara, a su superior aun sabiendo que sería su última misión, que todo final tenía un principio.
Había entrado en hora, justo antes del toque de queda.
Se levantó del baldosado, tras recobrar la consciencia, al escuchar que le preguntaban cuál era su nombre y rango.
Contestó al supervisor: «Lorrein Ocho, inter-vector».
Al salir del ascensor, había caído de bruces al suelo tras desmayarse.
Unos segundos antes de que las puertas de este se abrieran, observó el marcador: el tiempo se le terminaba. Angustiada, había escuchado anunciar a la voz melodiosa del elevador:
«Planta 0». Dentro del habitáculo, apenas podía mantenerse en pie. El latido de sus pulsaciones le atenazaba la cabeza. Saber quién era su asesina implicaba mucho más que cerrar el evento. Se le había nublado la vista, sentía que este se cerraba sobre su cuerpo, como si quisiera apabullarla, arrinconarla, engullirla; como si la antigua estructura metálica supiera lo que unos minutos antes había ocurrido en la habitación.
«Planta 2», escuchó mientras descendía hasta el último piso; notó las gotas de sudor sobre su frente, la sangre vibrar dentro de sus canalizaciones, su micropiel se enfriaba, erizándole las vellosidades de todo su cuerpo. La música de saxo le taladraba los tímpanos al son de una melodía indescifrable, lenta y agónica. Ahogó un grito de impotencia al observar la imagen en su visor: era ella.
«Planta 3», había indicado el elevador; las puertas se abrieron y entró. Unos segundos antes, en el recibidor, el tiempo seguía parado a la espera de que las puertas se movieran; sin embargo, su telemétrico continuaba con la cuenta atrás. Pulsó de nuevo el botón de llamada que, ajeno a su necesidad de huir, insistía con el parpadeo amarillo, una y otra vez. Ansiosa, cerró los ojos. Respiró hondo. Contuvo las ganas de vomitar, y la bilis se removió en su interior. La descompensación horaria siempre le alteraba el estómago.
Ante las puertas cerradas, escuchó el roce de los raíles viejos que indicaba que la vía de escape subía a su encuentro. Comprobó el registro temporal: habían pasado tan solo dos minutos desde que salió corriendo de la habitación 318, la de siempre, dejando su cuerpo atrás. No había otra opción que abandonarse; la programación causa-efecto estaba establecida.
Solo hacía unos minutos que, dentro de la habitación, había desplegado el mapeador: indicaba que las líneas temporales estaban abiertas. Como siempre, seguía las instrucciones establecidas por el Sync-time, sin variaciones. Miró la pantalla de datos, se tranquilizó al comprobar que la burbuja intemporal aún continuaba activa. Respiró hondo ensanchando los seudopulmones, sintió el aire fresco, el porcentaje de oxígeno era adecuado; más que eso, era reconfortante.
Aun así, estaba agobiada por el paso del tiempo; observó el marcador: quince minutos desde que se había materializado de su presente en el umbral de la estancia, en las coordenadas exactas donde, inevitablemente, hasta ese momento, ocurría el evento. Se dijo que debía llegar al punto de rescate dentro del hotel, un ascensor: su salida.
De nuevo, había constatado que su asesinato era inevitable.
Aun sabiendo lo que pasaría a continuación, que no iba a encontrar los planos del procesador de Alma Mater que crearía a los nuevos entes del generativo SyncDelta —perfectos genética y mecánicamente, que habían traído un nuevo holocausto a la Androinidad—, rebuscó entre las ropas que vestía su cuerpo, en los cajones de la cómoda, en las prendas del armario, en el neceser del baño; destrozó el ordenador que estaba sobre la mesa.
Estaba segura de que los entes seguirían su rastro; siempre lo hacían. Quizá por ego, por pura satisfacción, pensó en dejar su huella, que supieran que ella lo había conseguido. Así que dejó constancia de su presencia, aunque fuera del todo efímera. Este viaje había sido diferente; quizá por un golpe de suerte había grabado la imagen de su asesina.
Esta vez tenía una nueva pista.
El visor de sus gafas había capturado la reflexión de la imagen de una mujer antes de desaparecer dentro del vórtice de cuerdas, aunque había llegado tarde para salvarse a sí misma.
De nuevo, tarde.
El evento había ocurrido sin cambios; otra vez veía su cuerpo, aún caliente, tirado en el suelo, la alfombra beige empapada en sangre, su cara desfigurada con una mueca de horror.
Había vuelto a morir.
Muerta.
Observó, abatida, la trágica escena de siempre, idéntica a las otras veintitrés veces: las marcas rojas de sus manos arrastradas sobre la pared junto a la puerta, las salpicaduras granates de sangre esparcidas por el suelo, el charco rojo bajo su cuerpo retorcido, tirado en el suelo, y el cuchillo hundido hasta el mango en su cuello cercenado.
Revisó el temporizador.
Cierre del portal.
Salto de universo.
Vacío.
Salto.
Apertura del portal de Everett.
Inicio de la cuenta atrás.